Conexiones beethik: entrevista a Txetxu Ausín

Investigador Científico y Director del Instituto de Filosofía del CSIC (Grupo de Ética Aplicada GEA). Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco (premio extraordinario), es profesor invitado en varias universidades y colaborador en el Instituto de Gobernanza Democrática Globernance. Sus áreas de trabajo son la ética pública, la bioética, los derechos humanos y la filosofía de las tecnologías disruptivas.

Miembro del OECD Expert Group on Research ethics and new forms of data for social and economic research. Editor y autor de varias obras sobre estos temas, ha sido fundador de la revista electrónica de éticas aplicadas DILEMATA. En la actualidad forma parte de los equipos de investigación de EmpoderDAT: Empoderamiento del paciente, espacio de datos de salud e inteligencia artificial como pilares del nuevo sistema sanitario [Fundación Séneca]; Detección y eliminación de sesgos en algoritmos de salud [Fundación BBVA]; y BAKARZAIN: Soledad no deseada y cuidados [BBK Kuna]. Presidente del Comité de Ética del CSIC y miembro del comité directivo del AIHUB-CSIC, colabora también en la Red ESPACyOS (Ética Salubrista para la Acción, Cuidados y Observación Social) y en el Comité de Expertos sobre Envejecimiento de la Fundación General CSIC.



1. ¿Qué te sugiere el concepto de ética de la responsabilidad radical?

La idea de responsabilidad, de hacerse cargo de las acciones y omisiones y de sus consecuencias, es un concepto nuclear de la ética en tanto que reflexión sobre la moral humana. Esto es, en la medida en que somos libres de elegir hacer o no hacer (así se titula un libro que coordiné con mi colega Rosana Triviño), optamos entre una gama de posibilidades y debemos hacer la buena elección. Responsabilidad, deber y bien son las raíces de la ética y hablar de “responsabilidad radical” alude a este criterio fundamental, último, de raíz, para la ética.


2. En los últimos años, una de las iniciativas más comunes en las organizaciones públicas es desarrollar los denominados “marcos de integridad”. ¿Qué están aportando? ¿Qué retos quedan aún pendientes?

Los llamados “marcos o sistemas de integridad” constituyen una herramienta fundamental para la transformación en clave ética de las organizaciones del sector público. En un momento de profunda desconfianza social hacia las instituciones, y de crisis de legitimidad del sistema democrático en consecuencia, los sistemas de integridad institucional son un instrumento valioso para restablecer esa confianza pública, favoreciendo la cohesión social y la legitimidad democrática. No olvidemos que la confianza es ese intangible que un mundo abrumadoramente complejo e incierto, nos permite absorber esa complejidad. La confianza es un hecho básico de la vida cotidiana; confiamos en que el conductor del autobús, el médico, el profesor, el administrativo… (servidores públicos), se comporten y ejecuten sus labores tal y como se espera. En realidad, la confianza mueve el mundo y la desconfianza, por contra, es letal para instituciones, organizaciones y la sociedad en general.

Me permito hacer esta reflexión sobre la confianza porque los sistemas de integridad institucional no son un fin en sí mismos, sino una herramienta crucial para construir y mantener la confianza pública.

Dicho esto, quedan muchos retos pendientes con respecto a los mismos. Precisan de un impulso político indispensable, han de construirse de modo participativo, de abajo arriba, como sistemas vivos y flexibles, con canales claros de consulta y denuncia y con órganos de monitorización y supervisión que los hagan efectivos. Esto es, se necesita una “infraestructura ética” para que cumplan con su cometido pedagógico, preventivo de las malas prácticas y ejemplarizante. El riesgo evidente, como dice Adela Cortina, es convertir la ética en cosmética, en una mera estrategia de marketing y publicidad que no transforma la cultura organizacional y que, a la postre, genera frustración y más desconfianza.


3. Dices que “la ética del cuidado” debe ser uno de los fundamentos de la ética pública – “La mayor calidad es la calidez”- ¿Hasta qué punto está integrado el cuidado en la cultura, es decir, en las maneras de hacer, de las instituciones públicas?

Desgraciadamente el cuidado como perspectiva no es lo que más abunda en la gestión pública. Y, sin embargo, no me cabe duda de que la ética del cuidado es el fundamento de las acciones y políticas públicas. Partiendo de una concepción antropológica basada en la vulnerabilidad humana, la ética del cuidado pone el acento en la respuesta a esa susceptibilidad variable y desigual a padecer un daño y cómo las instituciones del sector público se orientan al bien común mediante la protección y la capacitación de los ciudadanos. Se construye así una «democracia cuidadosa», en palabras de Joan Tronto, donde el servicio público perseguirá proteger a los débiles y vulnerables así como transformar las bases para que dejen de serlo, poniendo el cuidado en el centro de las políticas públicas. Una democracia sensible y cuidadosa, una gobernanza ejemplar, demanda por tanto una ética pública del cuidado.


4. En diferentes ocasiones has compartido tus reflexiones sobre el principio de responsabilidad, especialmente en el contexto del servicio público. En el libro titulado “Hacer o no hacer, la responsabilidad por acciones u omisiones”, profundizas en esta distinción y en sus consecuencias. ¿Afrontamos, como sociedad, la responsabilidad por acción y por omisión de la misma manera?

Precisamente, el libro que mencionáis es un análisis exhaustivo sobre la responsabilidad causal de la comisión por omisión. Esto es, muy resumidamente, que no hacer también es una forma de hacer algo que tiene consecuencias, sobre las que hemos de asumir también responsabilidades. Pensemos en unos padres que no alimentan a sus hijos o en un sistema público de salud que deja desatendida a parte de la población (mayores o inmigrantes indocumentados). Y no, no se afronta igual la responsabilidad por acción que por omisión. Individualmente, la psicología ha estudiado el llamado “sesgo de omisión” por el cual tendemos a juzgar moralmente más graves aquellos comportamientos dañinos cuando el daño es el resultado de una acción, frente a cuando es resultado de una omisión. Colectivamente, este sesgo de omisión contribuye a diluir la responsabilidad, máxime cuando no se percibe claramente el vínculo causal entre la omisión (de ayuda, de socorro, por ejemplo) y las malas consecuencias que se producen o se facilitan.


5. Te has referido a la confianza como un mantra sin la que no se puede mantener una sociedad compleja. Poniendo el foco en la ética pública, afirmas que su robustecimiento debe orientarse a fortalecer la confianza, reforzando convicciones, hábitos y cambios de cultura. ¿Qué deben trasformar realmente las organizaciones públicas para recuperar y potenciar la confianza de la ciudadanía? ¿Y qué debemos cambiar nosotros como personas ciudadanas?

Las organizaciones del sector público deben asumir un modelo de gobernanza más abierto, transparente y colaborativo y, como hemos dicho, desarrollar sistemas de integridad institucional que contribuyan precisamente a generar confianza pública. Una gobernanza de este tipo requiere asimismo una ciudadanía activa y comprometida donde las personas contribuyan proactivamente y de manera participativa en el diseño y desarrollo de las políticas públicas (co-gestión, co-responsabilidad), según un modelo de “administración relacional”, con ciudadanos “accionistas” en vez de meros “clientes” de los servicios públicos.


6. También estás investigando y trabajando desde la perspectiva de la ética aplicada a las tecnologías disruptivas en el sector público, especialmente relacionadas con los datos. ¿Qué iniciativas se deben poner en marcha para un adecuado gobierno del dato?

La inteligencia artificial y la ciencia de datos masivos ya están transformando nuestra sociedad y también el sector público. Las políticas públicas basadas en datos y algoritmos contribuirán a modelos decisionales menos especulativos, a reducir riesgos e incertidumbres, y a innovar a través de la cooperación (inteligencia colectiva y experimentación abierta). Estas oportunidades no están exentas de riesgos y por ello es necesaria pedagogía social, reflexión ética colectiva y deliberación pública para orientar estas tecnologías hacia el bien común y el servicio real a la ciudadanía. Por ello, el desarrollo de marcos éticos para los procesos de transformación digital de las administraciones es un imperativo que ya se está materializando en iniciativas como el Código ético para los datos y la inteligencia artificial de la Diputación Foral de Gipuzkoa o la reciente normativa europea Artificial Intelligence Act.


7. ¿Qué otros impactos se derivan de otras aplicacioness de la inteligencia artificial en las instituciones públicas? ¿Cuáles son los riesgos, los límites o las consecuencias de la aplicación de modelos matemáticos de decisión en el ámbito público?

La introducción de sistemas basados en IA en la gestión pública supone una transformación radical en cuanto a la gestión y diseño de las políticas públicas, con el uso de datos masivos que pueden contribuir notablemente a afinar intervenciones en ámbitos urbanísticos, de tráfico, ambientales, sociales, etc. Los riesgos estriban en un diseño inadecuado de estos sistemas que provoque discriminación, desigualdad (brecha), sesgos, impacto medioambiental… Para ello, es indispensable tomar en consideración principios éticos y buenas prácticas para no convertir estas herramientas en “armas de destrucción matemática”, en palabras de Cathy O’Neil.

Atender a la calidad de las fuentes de los datos, que el tratamiento algorítmico sea seguro, que se proteja la privacidad, que se evalúe la huella ambiental del sistema o que se considere el impacto social positivo y su contribución a la solidaridad y la inclusión, constituyen elementos éticos indispensables en el desarrollo e implementación de estos sistemas.

También es obvio descartar aplicaciones como los algoritmos de puntuación social o los sistemas manipulativos.

Y es muy importante valorar previamente la necesidad y conveniencia de desarrollar aplicaciones de IA en relación a determinadas actividades o procesos, estableciéndose un análisis coste-beneficio y su relación con derechos fundamentales de la persona.


8. Por último, si tuvieras que ilustrar, con tres palabras qué significa para ti incorporar la ética en la toma de decisiones, ¿cuáles serían?

Participación, deliberación, responsabilidad.

Participación porque la ética es cosa de todos y todas.

“La ética concierne a todo el mundo. Los problemas y las teorías científicas pueden despertar nuestra curiosidad o incluso apoderarse de todos nosotros alguna que otra vez, pero solamente para unos pocos tienen importancia práctica e inmediata. En cambio, todo el mundo se enfrenta con problemas morales sobre los que, después de mayor o menor reflexión, hay que decidir.” (Toulmin, El puesto de la razón en la ética, 1950).

Deliberación porque la ética es un ejercicio reflexivo que atiende a razones y argumentos. La deliberación se refiere a una discusión que es informada, que se basa en valores y que es transformativa.

Responsabilidad porque, como hemos dicho, supone hacerse cargo de lo que se considera un deber en tanto que bueno.